No dejes de seguir al conejo blanco

No dejes de seguir al conejo blanco

martes, 31 de agosto de 2010

El fulano de yerbas ( de naturaleza utópica)

" ¿ Y cómo vamos a creer - dijo el fulano - que el mundo se quedó sin utopías?"


Había perdido toda señal de identidad, sintió como parte de sí los andrajos que tenía bajo la capa de piel, como si su terroso pelo no hubiera sido nunca de otra forma, como si su única habilidad desde siempre hubiera sido guiarse por las luces del ocaso para saber si le tocaba comer, dormir o llorar.
Cuando Marcos miró a la ventana, sólo vio un gris mustio pegado a las anodinas paredes, que parecían una auténtica falsificación de las otras. No le resultaba ni agradable ni entretenido mirar por la ventana, pero siempre era mejor que dejarse atacar por el sopor de las clases de repaso.
- Tales De Mileto consideró que somos una forma de vida compuesta por agua, que no hay otra cosa invariable y es, por tanto , de una misma materia. Durante siglos, hemos intentado cambiar nuestra… LUJÁN! ¿ Estás escuchándome, Luján? – dijo un profesor, acusando a Marcos, que estaba mirando por la ventana.
El profesor Llosa era una especie de esqueleto delgado, con una fina y larga perilla blanca que le caía hasta la altura del pecho. Tenía unas entradas canosas que parecían indomables. Su tez era pálida para ser del Perú, y tenía tremendas facciones que le hacían ligeramente más viejo. Todo enteramente en él era níveo como una ladera alpina; era como un espárrago, como una perla en vertical, estirada y pellizcada hasta conseguir esa superficie que parecía oblicua, pero ciertamente era rugosa.
El profesor había estudiado en San Ignacio de Loyola, donde los Padres Jesuítas, que exigían el amor por la educación ante todo. Era entonces, una persona arisca, de poca convención social, pero hacía que los alumnos aprendieran de una forma endemoniada, como posesos.
Eso se veía repercutido en sus clases. Horas y horas pegado con la pluma y el tintero, Marcos acababa desdeñando todas esas tareas, esas formalidades culturales que a su temprana edad todavía no entendía para qué servían. Como quien empieza a construir una casa sin saber qué familia la va a habitar, de qué formas se morirán las tardes en conjunto al arrullo de una chimenea que escupe brasas.
Pero ahí seguía, lo que su padre llamaba tesón y premiaba en forma de palmadas en la espalda, como si fuera pago suficiente. Había sentido algunas veces que se le despegaban los ojos, que las letras se le hilvanaban a las pupilas con aguja, que tenía que dejar de leer inmediatamente, estudiar o vivir.
Alguna vez consiguió solamente un respiro, cuando por ejemplo aquel trece de abril le dijeron a Llosa y a su clase que tenían autorización por el Padre Jesuíta Don Román Agüeste para ir a dar una vuelta al campo, a los exteriores de Lima para escapar de todas esas opresiones que “ estaban sufriendo los alumnos por estar en finales”.
De una forma u otra, Marcos se vio el día antes empacando su mochila con el poto, la navaja, la chamarra polar, un par de sándwiches de queso con calabacín y una gran jarra hermética con chicha morada, por si atacaba el calor. Lo que planeaban era una especie de ruta a través de la selva de algunos kilómetros, y estarían en casa con el colectivo antes de la hora de cenar. Cruzarían parte del Parque Nacional de Manu del Perú y luego irían a reposar la cabeza sobre sus límpidas almohadas en Lima capital.
Aquella mañana el sol salía por el este como siempre, pero entonces Marcos no lo sabía. Los grillos estaban todavía desperezándose con su mustio cantar, y las sombras eran como un hielo en el asfalto, se iban deshaciendo con mesura y con miedo, mientras el sol llegaba a alumbrar el último cerrazón que quedara en el más recóndito de los rostros. Marcos sintió el áspero traqueteo del colectivo, que tenía asientos chiclosos y un aire densamente cargado en algo que pudo distinguir como olor humano. Además el chófer lucía una barba poco lustrosa, de confines almidonados y funículos en lugar incorrecto. No le dio más importancia, estuvo hablando con Sandra, su compañera de pupitre, durante el resto del viaje. Le pareció siempre muy linda, con esos ojazos negros de criolla, de profunda tez enamorada y sangre caliente. Le gustaban sus labios, parecían dos formas difusas aglutinadas una encima de otra, describiendo una gran variedad de lenguaje. También su cabello que ondulaba con la tibia brisa que apenas un vericueto de las ventanas rectangulares dejaba entrar. Eso sí, nunca lo vio brillar al sol. De todas maneras, el tiempo volaba cuando estaba a su lado, y si de casualidad le rozaba la mano, de su cara surgían rojas manzanas a borbotones, poniéndole en una grave evidencia. Pero ella ya le había visto así, solo quería hacerle comprender que quería que le hiciera suya, que da igual la casa, los niños, la heladera, eso vendría después, solo le hubiera gustado en aquellos instantes que Marcos la tomara en sus brazos y la besara, un beso húmedo y tierno como el rocío de Cuzco en navidad.
El viaje fue muy largo, se repitieron varias veces las mismas canciones de grupo, y el maestro creyó estar al borde de la desesperación. Los anteojos se le resbalaban con ese sudor pegado, y maldijo un par de veces que “ maldita la hora en la que se proclamó la excursión”. Obviamente, no lo decía en serio, tenía un profundo amor por los niños, desde que entró en la universidad para enseñar el magistrado le había fascinado esos amores diminutos, esa confusa forma de ver el mundo. Así que el momento más tierno después de su graduación fue el primer día de clase, cuando vio a aquellos monigotes que parecían títeres en mesitas indelebles, dispuestos a acatar todo lo que él decía porque estaba allí para eso. Mas no formó un ejército con ellos, les intentó enseñar las diferencias entre lo bueno y lo malo, y lo bueno que tiene lo malo y lo malo que tiene lo bueno, esos momentos en los que después en la vida a uno le toca apechugar.
En el viaje, durante el traqueteo, se movían los cajones al fondo del colectivo que estaban llenas de fruta y bocadillos, para hacer un alto en su senda y así nutrirse. Habían tenido muchas precauciones con todos los posibles trastornos de los niños; diabetes, alergias, vegetarianos… “ La verdad – pensaron las cocineras del colegio- los niños de hoy en día protestan más que un camión lleno de bebés de los de antes. Nosotros comíamos lo que hubiera, así fuera mierda.” Pero la dirección sabía sortear perfectamente esas indicaciones pueriles de unas cocineras de redecilla gris y oronda barriga, que sirven la comida más por despecho que por trabajo.
Cuando al fin paró el colectivo, desembocaron en una colina tórrida que parecía desmigajarse, y todos comenzaron a descargar sus mochilitas ridículas y a apilarse para ser contados como ovejas.
- …Sandra Vargas, sí, y Marcos Luján. Bien, estamos los dieciocho, esto es perfecto. ¡Niños, hace un sol radiante, miren cómo se posan mariposas de clorofila en su piel , cómo se les sacuden todas las malas ideas de la televisión del pelo!
Los niños se quedaron expectantes escuchando al profesor, discutiendo a ver si estaba loco, o si le había dado un golpe de calor. Finalmente, decidieron en un corro colectivo que no, que sólo era un adulto.
Recargaron todos sus cantimploras en una fuente que manaba con un tubo desde las entrañas de la tierra, y muchos se alegraron de ese gran invento , sin pensar que había sido construido por una necesidad.
Cuando comenzaron a andar, hubo muchas charlas animadas, escuchaban el rumor de los pájaros aleteando sin descanso, un incansable murmullo que atacaba el aire.
“ ¡Pará, ché! ¡Me hacés daño! ¡ Señor Llosa! ¡ Devolveme la pelota! ¡ Miren ese barro, parece un chiquero de chanchos!”
Durante todo ese tiempo hubieron discusiones. Al final pararon al pie de una colina, el señor Llosa se dispuso como para a darles una parrafada sobre el lugar.
- ¡ A ver, atención, el que no me mire lo descalabro! – dijo con una voz parecida a un rugido apenas inofensivo. – Durante siglos nosotros nos hemos erguido en la naturaleza, mereciendo estar a su vera por habernos brindado la vida, todo esa agua y esa comida, sin revertir en otra cosa que el merecido respeto que deberíamos ofrecerle. Sin embargo, nos obcecamos en construir cosas encima de la tierra de la que brota el maíz, que fue el falso oro para los españoles. De esa tierra donde pastan las llamas, de donde cae la tierra y genera lluvia, reverdecen los campos y crean cosas maravillosas, y no sólo campos de fútbol.
En una ligera pausa, se creó un gran murmullo de personas que volvían a descalificar la cordura y validez del profesor, pero al final tuvieron otra de sus deliberaciones, y le “dejaron” continuar.
- Pues bien, pese a que son pequeños, algunos no llegan apenitas a los diez años, quiero que vivan inmensamente este día tan maravilloso, es el día que ustedes y todo el claustro de profesores estaban esperando. Es el día en el que nosotros no estamos en el colegio.
Los niños rieron, alguno sin sentido y otros por cortesía, pero la mayoría consiguió captar apenas el humor del profesor.
- Cuélguense sus macutos, que vamos a comenzar la marcha. Será de no más de ocho kilómetros, y procuren estar hidratados. ¡ Jorge, te he visto! ¡ No le tires del pelo a Lucas o te quedas en el colectivo!
Tras breves incidentes, empezaron a caminar. Era un camino de tierra suelta, los diecinueve contando con el profesor, empezaron a serpentear a lo alto de una de las cumbres, y aunque por el camino la maleza estaba ligeramente muerta, pudieron ver que a los otros lindes del camino, estaba mucho más espesa.
El sol comenzaba a despuntar alto, si no hubiera habido tanto tráfico en las salidas de Lima, hubieran llegado antes, quizá el sol no les hubiera afectado tanto, pero eso era un suponer. Ahora tenían que combatir el calor, colocándose de forma correcta las gorras, evitando gastar todo el agua pero hidratarse correctamente… Todo ese ardid de la supervivencia que tan innato nos fue un día y que ahora teníamos que aprender, emerger del asfalto para volver a la sabana.
Mientras tanto, durante el camino, se procedía a los juegos pueriles e incautos de los niños. El papel con, ¿te gusto? Si, no, quizá. Preparándose para años más tarde buscar momentos arrebatadores con sus parejas o un futuro marido con el que quejarse de lo que subieron los precios en la gasolina, en el mercado y de lo pesada que es la familia.
Marcos y Sandra estaban caminando juntos, pero como se dice, no revueltos. Se comentaban cosas, lo bellas que eran las flores, que por qué el aire en el campo es mas profundo y dan ganas de bebérselo. Marcos le miraba bastante de reojo, le daban unas ganas tremendas de comérsela.
Lo demás eran tonterías, llevaban apenas media hora caminando y ya había lamentos, la ascensión era quizá un poco dura para niños de tan corta edad. Pararon sobre unas piedras lisas, ahí se sentaron y comieron algunas manzanas, bebieron chicha morada, mascaron chicle… Todo con el pretexto de alargar el tiempo y no tener que volver a caminar. Pero al final tocó oír la voz profunda del profesor que les indicaba que había que seguir el camino, que todavía quedaba un rato, y que si no, no descubriríamos los entresijos de la naturaleza.
Llegaron a las dos horas a la cima, y entonces vieron que se acababa el terreno yermo y se erguían ramas de espesa maleza, empezaba un bosque sombrío, de esos que solo salen en los cuentos de Bécquer.
- Tengan cuidado chicos, las bestias salvajes, aunque son pequeñas, pueden hacer estragos. Por estos bosques hay tales arañas que la picadura puede dejarles un tatuaje imborrable de por vida, y quizá irritarles a casos graves.
Algunos niños se horrorizaron en corro, pero otros se envalentonaron y empuñaron un palo a modo de espada, jurando defender a todos ( y sobre todo a las chicas, que comenzaron a suspirar; la caza de compañero cada vez estaba más cerca) .
Se adentraron en fila de a uno por la maleza, y entonces comenzaron a reflotar en el aire todos los tipos de verde que a cualquier pintor se le hubiera ocurrido plasmar en lienzo. Ese verde oscuro que se cierne sobre el musgo, el verde que es claro cuando el sol le golpea, ese otro verde que solo aparece en las enredaderas de las casas señoriales… En fin ,toda una retahíla, que parecía una gama de colores para poder pintar la cocina. Al principio se alegraron de que fuera llano, y de no tener que soportar ese dolor continuo en sus débiles tobillos por tener que ascender. Pero poco a poco, las hojas iban cerrando desde las copas de los árboles el color diurno, embistiéndoles en una negrura que poco a poco se iba cerrando, que poco a poco les iba encerrando. Cuando se quisieron dar cuenta, pocos eran los resplandores que penetraban a través del follaje y les daba algo de autonomía para evitar las piedras y no caer. Ante eso, algunos muchachos se habían provisto de cayados, para apoyarse en caso de que algo les fallara. Las mujeres, más listas, iban palpando la corteza de los árboles que estaban predispuestos a lo largo del estrecho camino , y de esa forma tener algo a lo que asirse.
Durante bastante tiempo, el camino parecía no acabar. Seguían metidos en el mismo monstruo, y los ululares de los búhos, los cantares de las golondrinas, el rugir del viento y de algunas hojas secas les daba a todos más y más pavor.
Pero todos tenían la certeza de que allí estaba el profesor, un adulto, para defenderlos, que no había nada que temer porque él sabía tener el mando.
Lo más absurdo es que al cargo de profesores, el claustro en general, no considerara necesario tener otro profesor para los posibles contubernios. Llosa era un experimentado, psicopedagogo y gran persona, sólo les acompañó el chófer, que estaba esperándolos al otro lado de la loma. La verdad es que tenía muchos acres el bosque, pero la ruta que habían elegido iba por el Este, hacia una pequeña parte donde sí había parte de calzada para que circularan los vehículos.
Una de las cosas que llevaba en la maleta y que a Marcos le fascinaba era la brújula, cómo decidir entre un camino u otro por una aguja somnolienta que se orientaba según los polos. Polos opuestos que acabarían encontrándose. Entonces pensó en Sandra. Volvió a imaginarse en sueños sus labios tibios y húmedos. Qué ganas de tenerla.
Ese día iba con unos zapatitos blancos y un vestido azul que a él le enternecía, su cabello oscuro era como una maraña intensa que chupaba todos los colores, que le volvía barco a él de un faro que eran sus hondos ojos. En la oscuridad, su figura se volvía divina, casi con aura, y él se sintió complacido de poder acompañarla durante todo el camino.
Por su parte, Sandra era una niña intrépida, pero de sentimientos indecisos, no sabía bien donde pisar, pero aún así sentía placer a borbotones cuando él posaba tímidamente su mano, como si fuera una paloma que reposa el vuelo.
Sintió un rubor mestizo, como una ráfaga desmesurada de calores. Le azotaba el viento las hojas con total descontrol, pero se sentía feliz, porque al final había engendrado un hijo, como quien no quiere la cosa , como un vaivén que se sale de la carretera sin querer, un tímido desliz. Sabía que el padre de todos los elementos le había acogido, que el trueno, la tierra, el agua, el llanto, formaban parte de su hijo. En cada ola, en cada retazo campestre.
La Madre Naturaleza se irguió de entre todos los seres para celebrar el parto. Agitó las copas de los árboles haciendo creer que se acercaba un huracán, los ciudadanos de Lima corrieron a sus casas a refugiarse el día que en los noticieros se avisó de grandes temporales. En otros lados, el sol despuntó con tanta fuerza que las piedras, en vez de rajarlas, las convertía en polvo, en una masilla oscura que parecía cobre sobre el fondo fúnebre del suelo. Los temporales de las lluvias que arreciaron las costas del litoral fueron tan grandes que en algunas zonas no se pudo ir a pescar, y los pueblos pesqueros tuvieron que alimentarse de hortalizas y nabos podridos. Pero no se daban cuenta de tremebunda celebración que se estaba teniendo en el otro lado del escenario, todos apremiaban que la Madre Naturaleza alumbrara por fin, un varón de esos cuya unica misión es perpetrar la especie de seres celestiales, de infundir temor ante aquellos que asfixian en asfalto, y en propiciar una brizna tierna a aquellos que riegan las plantas o evitan un incendio.
Marcos pensaba que al profesor Llosa se le había ido la pinza, habían perdido el norte como el bebé que pierde el chupete. Estaban recorriendo parajes angostos en medio de unas tinieblas que no podían ser distinguidas entre principio y final, una maraña natural. Hasta que no vio la cara desfigurada en sudor del profesor como un espectro que se desarma con el propio hecho de saber que la luz existe, no pudo confirmar su teoría: Les había perdido. Estaban perdidos en la parte más extensa de los bosquejales, y no tenían ni un mísero mapa con brújula, ya que irían siguiendo los umbrales del camino, las pequeñas indicaciones de postes de madera roídos por los vaivenes de las intemperies de medianía. Pensaron que nada estaba perdido hasta que en un instante el profesor pisó en falso en un arcén y el barro se desmigajó, llevando al profesor a lo hondo del barranco, y lo último que pudo ofrecer como señal de adiós fue teñir de rojo el limo que había en mitad de la negrura del barranco.
Un trueno había atacado a su pequeño. Lo había desvanecido como un pequeño títere, lo había separado de toda alma racional y lo había dejado inerte. Lo había matado. Ahora la Madre Naturaleza era Plañidera Naturaleza, vistiendo en alborozo hojas cayendo de los árboles de color pardo, el cielo llorando con una llovizna tierna, mientras un nido de pájaros se sacudía el plumaje cuando lo tenían muy enchumbado. Necesitaba encontrar a su pequeño, necesitaba otro pequeño, alguien a quien profesar amor por el simple hecho de no sentirse un ser demente que llorar por querer llorar o sentirse mejor.
- ¡ Qué desgracia, qué ganas yermas de quedarme moribundo! – espetaban unos arbustos de vetusto ramaje- En la vida se vio tal infamia, han matado al heredero de lo más vivo, de donde el carmín nace la rosa y el agua corre del arroyo. Madre, respondedme, ¿ cómo os encontráis?
- Yo ya estoy muerta, a golpes aciagos acabaron con mi bebé, mi pequeño enamorado. Acabaré con todos los torrentes débiles, haré caer la lluvia sobre los pantanos para que estos rebosen, y al fin todos mueran ahogados.

La luz que apenas se filtraba por en medio del bosque dejaba entrever a los niños sombríos, asustadizos, escuetos, que se erguían al lado de la fosa por la que el profesor acababa de caer. Estando él tan muerto, a algunos valientes se les ocurrió acercarse, y el espectáculo no fue digno. Lo vieron con el aspecto de siempre, esa levita de paño algo remangada, la barba que parecía un plumaje de ganso, en una postura tan mal puesta que a leguas se notaba que estaba muerto. No tenía la postura digna de un faraón, o de un ser que realmente siguiera respirando. La sangre se arremolinaba al lado de su sien, y mezclándose con el barro, daban la impresión de un mejunje infecto.
El hedor no tardó en subir por aquella fosa, y los niños, casi a punto de vomitar, se marcharon en grupo hacia otros lugares para no tener que respirar, en busca de una dehesa, en busca de un jarro de agua fría que los levantara del sueño.
Nadie sabía qué les guiaba, pero se vieron extremadamente necesitados de formar una especie de gabinete de crisis, sin saber qué era un gabinete, y designar a alguien que les dirigiera, alguien con la cabeza senil para ser un adulto pero niño para ajustarse a las necesidades del grupo.
Entonces Sandra me propuso a mí, entre toda esa muchedumbre, la nenita criolla de los ojos malva y tez morena, levantó su manita que en aquel momento por los tembleques parecía un muñoncito y dijo “ Propongo que Marcos nos encabece, el único capaz de tener la serenidad para hacer que sobrevivamos es él. “
Se formó un tropel de agitaciones, una especie de votación indecisa, ya que no todos estaban de acuerdo en eso, pero al final, con mesura, una a una, las manitas multicolor se levantaban tímidas proclamándole a él.
Entonces la gente volvió a sentir esa sensación de alivio como cuando el día anterior oyeron el timbrazo que les dio el final de las clases. Por suerte para ellos, no estaban perdidos.
Tuvieron que alejarse de la zona de la fosa donde había caído el profesor, el sol estaba decayendo, pero encontraron una zona de árboles frutales y unas charcas cuya agua parecía no estar de ese color tan pardo que indica que quizá te de la cagalera. Y entonces sí, Marcos teniendo que hacer de niñera, sujetando pañales. O peor, teniendo que hacer de sepulturero, cavando tumbas. Rápidamente se idealizó de que, hasta que no pasaran unas horas más tarde de lo que tendría que haber sido su vuelta en Lima, no iban a echarlos de menos. Por ahora, estaban tranquilos bañándose en esa especie de pozas turbias, y comiendo despreocupados en paños menores. Pero la agitación que sentía Marcos acá adentro ( en el pecho ) le hacía sentirse más desvalido incluso que si no hubiera tenido ojos. Tenía miedo a la noche. Aunque ahora estaban en un claro, sabía que la permanencia de la noche continua durante el derredor del día, debido a la espesura de los ramajes y toda esa vaina, la verdadera noche, la grimosa noche, estaba allí repanchingada esperando a hacerles frente, como quien espera una carta de amor un domingo. Y entonces, no tendrían más explicación.
Y sin hablar de los animales salvajes, qué sabe Dios si un animal carnívoro, feroz, con mil cuernos, sediento de sangre, les atacara mientras dormía, y huyeran todos despavoridos y heridos. O peor, no se dieran cuenta de que les había atacado hasta la mañana siguiente al ver un cuerpecito tieso en mitad de las hojas secas.
Ese cargo de presidente le hizo aparecer unas enjutas canas ( simuladas claro, era todo psicológico ) alrededor de la cabeza, no le hizo falta una corbata o un cetro para sentir ese voluble peso que se le formaba a la espalda.
Por suerte tenía a Sandra, cuando terminó la votación, ella le asió la mano, pero no se la alzó, como se hace con los luchadores de boxeo que ganan. Simplemente la dejó estar, y bueno, comenzó a sentir un cosquilleo en su cola, un rubor se le pegó a las mejillas, y él enderezó la postura de ambas manos y apretó más fuerte.
Entonces se empezó a imaginar, con un cargo selecto, un despacho iluminado, bien grande, con café de ese que huele sólo por la mañana.
Pero tuvo que salir de sus cabales durante instante para poder rehuir de lo que realmente le preocupaba. Estaba oscureciendo.
Algunos se empezaron a refugiar con prendas, como para escapar de ese espasmo insufrible que es el frío. Pero enseguida todos salieron del agua , dejaron sus esporádicos quehaceres para darse cuenta de que la luz se les había acabado, y que estaban indefensos en mitad de un sitio que no conocían de nada, y que cualquier estremecimiento en el estómago podía ser la muerte.
Ni ruegos, ni plegarias, ni un caramelito de papá, ni un besito de mamá. Solo tenían a un crío pusilánime que parecía tener no más de doce añitos, que estaba todo el día colgado a la mano de una criollita que debería haberse llamado Eva, con su traje de flores primaverales en mitad del otoño.
- Deberias peinarte mejor, ahora diriges todo este rebaño- había soltado ella, con un tono un poco relamido.
- Pero a quién le va a importar, en mitad de un bosque perdido en la mitad de la nada, no hay nadie que nos vigile. Anda, sigue mirando la fogata que nos da calor.
- Pues a mí si me importa – respondió ella en forma de sonrisa reprochadora.
Sin darse cuenta, el instinto mujeril había ido emergiéndole como una enredadera. Ella ya estaba pensando en boda, con su vestido de organdí.
- El primer problema que vamos a presentar – dijo Marcos en mitad de todos- es que tenemos que tener la certeza de que nos van a encontrar. Y eso no va a ser tarea fácil, este bosque es muy grande, recuerden lo que dijo el profesor. Además, puede haber bestias desconocidas en los lindes de los árboles.
Nada más pronunciar la palabra bestias todos habían iniciado una desmesurada revolución, pegando alaridos nonsense e interrumpiendo el discurso de Marcos.
- ¡ A callar! – dijo él, vociferando un bramido – Tenemos que evitar perder la calma.
La luz de la hoguera le daba un aire imponente y siniestro, que inspiraba confianza. En un arrebato de liderazgo, Marcos cogió una hoja de laurel que había a cuatro palmos de sí en el suelo y se la encasquetó en la coronilla como Augusto o como Julio, dirigiendo sin saberlo a los niños hacia la hecatombe.
Enseguida se decidieron a organizarse todos, cogieron las vestimentas que les sobraban, el típico pulóver que las madres meten por si las emergencias en las mochilas, junto a la botella de agua fría y ese bocadillo que tanto huele a mamá.
La primera noche la pasaron sin dificultades, aunque tuvieron que someterse a los arrullos de los búhos, con sus pardizos ojos que les acechaban. O a ese siseo del viento, o a ese niño que , por incontinencia se levanta en mitad de la noche a regar el tronco que está cuatro o cinco metros más allá de su cama.
Mientras tanto, mientras duró aquella noche, Marcos sentía a Sandra a su verita, al lado mismo de él.
Podía sentirla, me tenía asida la manita como cuando estábamos en grupo. La noche estaba muy cerrada, pero aún así a par de palmos teníamos las bocas. Yo le pude sentir temblar los párpados de cuando tienes los ojos cerrados y haces fuerza, se notaba que la nenita tenía miedo, que no era tan grande como aparentaba. Lo más que me gustó fueron sus respiraciones. Nos respirábamos el uno al otro, dando y recibiendo, yo sentía el olor a sándwich de mermelada, que se mezclaba con el olor a bayas del bosque, a agua sin embotellar, a ese champú que tenía impregnado en el pelo y todavía no se le desteñía.
Yo le puse mi mano en el pecho, sentí cómo le palpitaba el corazón, parecía un colibrí desbocado, un compás con pena de muerte, con intranquilidad. Entonces vi que de a poquto se me iban cerrando los ojitos, y no volví a abrirlos hasta recién entró la mañana luego, cuando me tuve que quitar la escarcha del rocío del pelo y de las cejas.
- Queridísima señora, no debería en pos afligirse. Al fin y al cabo, usted es el centro de todas las cosas, su vida. Debe saber sobreponer esa pena yerma que ahora padece, debe volver a hacer brotar las hojas de los almendros, para que los humanos tengan algún motivo por el que cantar en primavera.
En un sillón de troncos, la Madre Naturaleza estaba dispuesta, con los ojos encarnados, las hojas que formaban su silueta de un tono amarillento, atacando al gusto. Las enredaderas que formaban su cuerpo estaban más blandas que de costumbre, amenazando con deshacerse de un momento a otro, como no se paliara la pena. Su niño. Aún le pareció verlo en la cuna de malvas violetas moradas, recostado esperando al otoño para que le salieran los dientes de marfil, que a veces parecían de ébano blanco.
- No va a proceder nada en esta primavera hasta que Cronos, dios del tiempo y las desgracias reviva a mi retoño.
- Pero señora, Cronos murió ya. Todos los dioses griegos murieron ya, y apenas quedan algunos de los nórdicos. Me contó Hermes que un día fue a echar un póquer con Odín, y que este casi intenta empeñar su ojo. Cuando me lo contó, mientras compartíamos ambrosía, casi me parto de risa – dijo el sirviente, haciendo amago de reír, hasta que vio el rostro funerario de la reina.
- Mi señora, la vida de los demás pende en usted. Hágase a vos la voluntad del mundo, y diciendo esto, se retiró.
La mayoría de los niños se levantaron abrumados, y cuando Marcos se sacudió el rocío húmedo del pelo, advirtió que era uno de los primeros en madrugar. A su lado, seguía Sandra, y azulados seguían sus ojos. Era casi una linde entre el violeta y el turquesa, pero ¡ qué lindos! Parecían tallados. Los miraba y le entraban ganas de morirse acariciándolos, pero sabía que no había tiempo, tendría que improvisar algo del desayuno antes de que se levantaran todos en tropel, tan hambrientos y tan torpes.
Levantó la vista y oyó el cantar de los pájaros. Pensó que cazarlos sería difícil. Se incorporó de cuclillas y se aproximó al riachuelo. Con ayuda de dos troncos huecos que tenían solamente un lado de abertura, los llenó de agua y los apiló a los pies de un fresno. Recogió algunas bayas, las olió para asegurarse de que no estaban podridas ni envenenadas ni nada de eso.
Se le volvieron henchidos los ojos al comprobar que aquella comida era más que suficiente, y empezó a golpe de palmada a incorporarlos a todos. Hoy tendrían que comenzar las sesiones de búsqueda, se habría dado el parte en la cosmópolis limeña, y enseguida los refugiarían con mantas y les leerían cuentos, susurrándoles al oído que nunca se la volverían hacer pasar tan mal. Y todos complacidos.
La mayoría empezó a despojarse de las ropas que carecían de utilidad. Muchos quedaron en paños menores, y cuando Marcos vio a Sandra con esa especie de sujetador ridículo, ese que se pone a la edad para empezar a acostumbrar y no para sujetar, sintió en el estómago un no se qué, un vuelco a destiempo. Pero había notado que el aire se había llenado de un perfume dulce, los jóvenes y las jóvenes en efervescencia, reconociendo los cuerpos de ambos, aquellos chicos que tenían las fibras en su sitio, aquellas chicas que un poquito anchas tuvieran las caderas.
Cometieron el error de quitarse las camisas y empezar sin conocerlo a vagar por una selva más inexplorada que el oscuro bosque.
No se sabe en qué momento del cuarto día comenzó a caer una lluvia espesa y blanda, que les acarició a todos la mugre. Enseguida se vieron agradecidos, y viéndose con un rato de ocio en varios días, jugaron en el barro removiéndolo, como si sus manos fueran palas y aquello no pareciera excremento de ninguna clase.
Algunos construían casas, muñequitos de barro que escuchaban poesía, pero muchos se dieron cuenta ( sobre todo los chicos ) en el afán trepidante que había en el juego de perseguir nenitas. Una especie de farándula inocente, sin sentido, sin causa, los hacía estar ebrios, de trementina, de endorfina, de sexo. Y como muchas cosas, ellos ni lo sabían.
Parece que no nos vienen a buscar, nos habremos desviado del perímetro limitado del que nos habló el profesor Llosa. Estos bosques con tanto vericueto son enormes. Quizá entonces nos toque vivir acá. Pero ni tan mal, con toda esta comida, los placeres mundanos, ya nos toca crecer, y ya lo estamos haciendo. Cada vez que me acerco a Sandra me siento mas grande, un bebé imponente que sabe cuáles son sus instrucciones. Bueno, lo mejor quizá sería jugar con Sandra en el barro, acorralarla entre cosquillas y, dejándome el limo enfriar la piel, ver qué sucede a continuación.
“ Se comenta que lleva llorando la tira, que lleva soltando lagrimones espesos desde hace uno o dos días sin parar. Claro, los humanos lo sienten como una brisa pasajera porque ellos tienen el movimiento de rotación, pero nosotros estamos aquí en las nubes, nuestra forma de percibir las cosas es distinta. Para ellos se trata de una esporádica agua latente, cayendo a borbotones sobre los campos verdes.
- ¡ Pues si no pueden devolverme a mi hijo, que mueran todos los que yo amo en la naturaleza, como la naturaleza mató desagradecidamente aquel a yo amé tanto! – dijo la Madre Naturaleza. Hízose su voluntad al acto.
Entonces el cielo empezó a temblar, como un desgarrón abominable, yo agarré a Sandra por un brazo y grité la alarma , busqué refugios, no podíamos tener escapatoria. El agua comenzó a caer, las gotas me hacían daño, por muy curtida que la piel se nos hubiera quedado por esos días al aire libre. Rompió su coraza y con enojo nos maltrató la ternura infantil . Encontré un recoveco en una pared del acantilado, nos pudimos resguardar ahí. Mientras tanto, afuera, se veía a los niños gritar, chillar, huir despavoridos. En plenos intentos, se veía a los niños agarrar toda la fruta que pudieran, otros intentaban hacer que no era para tanto, aguantando el fragor de tanta gota gorda, pero al final se veían achacados fuertemente, y caían débiles en el pasto que pasó de estar mojado de agua a estar mojado de sangre.
Con quejidos roncos los troncos caían sobre nosotros, o más bien sobre ellos que no tenían refugio, intentando buscar un animal que también huyera para saber hacia dónde, ya no estaba yo para enderezarlos, conducirlos por una senda decente, algún camino sin tropiezos, entonces ellos se quedaban desorientados. Parecían cojudos los niños, brújulas sin aguja roja, los dos lados del mismo color. Me daban pena en el fondo, para ellos fui como un mesías aterrador, les guiaba. Pero entonces sobre el aire empezó a tronar más fuerte, a levantarse un viento tan profundo que dejé de decirle nada a Sandra por temor a que no me oyera y tener que repetírselo. Ella estaba agarrada a mi pecho henchido, igual de grande que mis ojos a la hora del desayuno de aquel primer amanecer. Se acurrucaba contra mí , creyendo que yo tenía algo que ver, o una especie de inmunidad ante lo que estaba pasando. Le susurré palabras de tranquilidad al oído, pero al acabarse la tranquilidad con los truenos, los relámpagos y toda esa calumnia, no supe qué más hacer mas que estrecharla más que fuerte. A decir verdad, yo tenía miedo. Miedo de lastimarme y de que la lastimaran. Pero el ruido no cesaba, y las respiraciones entre nosotros se oían menos pero eran enormísimas, acabamos sumidos los dos en la misma convulsión incomprensible. No supe cuantas horas podíamos habernos permanecido en esa posición fetal, con un muro de piedra a siete u ocho centímetros de nuestras cabezas, rodeado de maleza que olía a barro. Y no oí más chillidos de los niños. En mi campo visual se veían a algunos que parecían estar acostados, como inofensivos, pero más tarde me dolió comprender que estaban muertos. Esos compañeros de clase, a los que alguna vez les pediste la lapicera, y ellos te agarraron la amistad de primaria con tanta ternura que tu prometiste no abandonarlos nunca.
Y entonces me besó. Bueno, o la besé yo a ella, en estos casos no se sabe quién tiene la prioridad. Ella me acercó su cabeza, que parecía más pequeña con su pelo reducido por la lluvia, una lluvia que olía a cal. Me miró con esos ojos tan profundos como un abismo, donde ví mi caída reflejada. Y entonces cerró los ojitos y me arrimó los labios, como dos sépalos de flor caliente, y me quedé como mudo mirándola con los ojos abiertos mientras a ella le resbalaban gotitas diminutas de las pestañas hasta el moflete.
Cerré mis ojos y ese instante se nos detuvo, se me quedó adentro una droga que pudo ser peor que fumarse un Gauloise de esos apestosos que fumaba papá. Y cuando separamos carnes y volví a abrir los ojos, la realidad seguía esperándome, y mis compañeros de pupitre seguían muertos.
Cuando salieron de aquel pequeño techito de piedra que les había defendido de la lluvia, vieron que aquello era peor que un grito o una tarántula venenosa, estaba la sangre esparcida por el suelo y los compañeros estaban o muertos o desaparecidos. Al fin cesó de llover, y ellos aún tenían las entrañas acaloradas por el súbito encuentro. Estaban tan confundidos que no se dieron cuenta de que eran los únicos sobrevivientes de la catástrofe, ahora solo miraban los charcos y veían vida, a pesar de poder tener un cadáver de un niño que estaba boca abajo, no se le veía gracias a todo, la expresión de pánico. Amaron la naturaleza, se amaron a ellos. Al fin lo entendieron todo, se entendieron solos. Contabilizaron a todos sus compañeros, y vieron a la mayoría esparcidos a doscientos metros a la redonda, cubiertos de fango, sangre, espinas, hojas, todo lo que había en el suelo del bosque. Encontraron a uno en la copa de un árbol aferrado a una rama, pero aunque creyeron que respiraba por la postura , estaba tremendamente tieso. Temieron que los cuerpos empezaran a pudrirse, y para no pillar enfermedades tenían que actuar rápido. O deshacerse de los cadáveres o cambiar de lugar. Eligieron lo segundo. “ Al fin y al cabo, los gusanos harán lo primero por nosotros” pensó Marcos casi con curiosidad por lo que estaba diciendo.
Entonces se tuvieron que internar más en la parte agria del bosque, donde no penetran ni las risas, donde la oscuridad no es lo que ves, es lo que sientes. Pero ya no tenían miedo, lo hubieran tenido antes si se hubieran quedado desorientados como cuando llegaron el primer día. Pero cuando se amaron de verdad, llevaban una semana besándose como niños y queriéndose como adultos.
Cuando Marcos volvió de recolectar la comida, se sentó en un claro que habían ellos habilitado, con un montón de hojas secas para dormir, un agujero para los excrementos a cincuenta metros de allí, y en el otro extremo, más cercano, un riachuelo con esa agua que les daba la vida.
En una de estas, ambos sintieron un arrebato, Marcos tuvo que liberar todas sus pasiones y amarla como nunca, se quitaron los harapos, se besaron cada centímetro de la piel, Marcos reconoció por primera vez unos senos, vio su piel entera, como si fuera un póster en vivo, la abrazó, le besó todo, los muslos, los brazos, la acarició… Cayó en un combate febril donde ella acabó ronroneando , y acabaron viendo la lluvia como algo maravilloso que simplemente les había unido.
Pero tras esos encuentros, tras no haber sido rescatado a pesar de tanta plegaria, ya no sintieron el deseo de volver a la civilización, estaban bien como estaban, durmiendo cuando querían ,sin restringirse por los márgenes estrechos de una sociedad ambiciosa que buscaba exprimirles el jugo.
Tremenda pena sintió Marcos el día que la encontró acostada, febril, murmurando tangos sin saber cantar, recitando poemas sin apenitas saber leer.
- Qué te pasa, qué te han hecho – dijo Marcos lo suficientemente agitado.
- Creo que me ha atacado una serpiente, mírame el tobillo .
Marcos vaciló, pero al mirarle el tobillo vio, apenitas al lado del hueso, las marcas de un par de colmillos desgarradores, que dejaron de sangrar la herida, pero la dejaron hinchada como la esponja que usaba él para la hora del baño cuando vivía en Lima con sus padres. Pensó que en ningún momento como ahora le había sobrevenido la nostalgia. Pensó que en otro caso hubieran podido llevarla al hospital , darle a ella la necesidad serena de que existía un antídoto. Pero ahora, casi sin inmutarse, sabía que lo único que todo lo resuelve es el tiempo . Decidió limpiarle la herida, probar con emplastos de alguna yerba que pareciera amistosa, pero nada. Esto seguía hinchándose, y la cara de Sandra, de Sandrita, la loca, la criolla, la de los ojazos negros, la de los ronroneos en noches de luna plena, estaba poniendose más que mustia. A Marcos se le estaba poniendo la cara amarilla, color bilis, y no tuvo siquiera el valor para enterrarla. Antes de eso se la comió a besos, le lloró un Atlántico, le escupió todas las palabras de amor que siempre quiso decirle, mientras ella miraba con esa mirada perdida, entre quién sabe qué libros de cuento para irse a dormir, entre qué golosina para comerse antes de cenar y que la mamá la regañe y el papá le mire preocupado.
Se fue derrengado, destrozado, entró al bosque como niño y salió como viudo.
- No puede ser, mira al pie del acantilado. Parece idéntico a mi hijo. Parece que el rayo no se lo hubiera llevado, sino que hubiera crecido. Míralo, tan talludito, tan poca cosa indeleble, es perfecto. Es lo que necesitaba – dijo la Madre Naturaleza mirando a Marcos.
Entonces no sé qué carajo salió del cielo que me tendió su mano, me dijo que ella había perdido a alguien también, que la pena que ambos respirábamos la paliaríamos juntos. Lo único que me dijo es que tenía que saltar del abismo, caer en las cascadas de remanso que había al final. Me aproximé al borde, miré a lo hondo y me dio miedo, me acordé de la lluvia y entonces no me asusté más. Con mi trozo de piel y el cayado que tenía aferrado, salté del acantilado, y mientras iba cayendo, me pareció ver en el fondo de la catarata los ojos de Sandra, lamiéndome el moflete con un beso de despedida.

Hoy todavía en Lima capital se ve una placa límpida en honor a aquellos muchachos que abandonados fueron en mitad de un bosque, y encontraron su hegemonía quedándose a vivir en las entrañas, con la Madre Tierra sirviéndoles más jugo de melocotón.

domingo, 29 de agosto de 2010

Me quedé ciego en el alma

- Le digo, no veo nada, ni los minutos, doctor – decía Martínez sollozando, aferrando con sus manos arrugadas y llenas de puntitas un pañuelo bordado.
Aquello había comenzado un lúgubre jueves de un día cuatro cualquiera, el doctor tuvo que interrumpir una visita porque la enfermera acababa de avisarle de una llamada urgente de Rodolfo Martínez, un paciente habitual por casos de lumbalgia, estrés, etc.
Pero había visto a otro Rodolfo llegar al consultorio, primero se enteró de que estaba taquicárdicamente alterado, en la cara se le veían huellas de gotas de sudor, y tenía la cara marcada por profundos surcos. El doctor le dijo que tomara asiento, sin problemas, que trataría su problema, fuese cual fuese. Eso no pareció tranquilizarlo.
- Por más que me diga, tengo la visión tan alterada, es un cúmulo de cosas, de confusiones, no distingo líneas de principio y futuros, ni de pasares, andares, qué se yo, doctor. Estoy desorbitadamente perdido dentro de mi jaula, necesito poder volver a apreciar la cara de mi mujer – dijo mientras hacía con las manos la comisura de su cuerpo, de su cara, como si estuviera pintando en lienzo. El doctor pudo percibir una cierta alegría en los ojos de él cuando le evocaba.
- Y dígame, Rodolfo, a qué hora le sucedió esto, cuáles son los síntomas.
- Bueno, habíamos tenido una comida muy pesada, ese endemoniado cocido que prepara mi suegra, que a veces parece que el tocino me entra por vía rectal al colesterol, doctor, esa mujer no se da cuenta de la comida poco saludable que hace. Y mientras, mi mujer otea el campo de batalla, expectante de ver cuándo nos lanzábamos platos y ella tenía así un pretexto para enfadarse y que esta noche dormía en el sillón, como forma de reproche.
El doctor le echó una de esas miradas de “ apúrate, Martínez, que esta sanidad es pública y mi tarde se contrae en dos patadas”
- Lo que le iba diciendo, doctor ,- corrigió – es que para combatir ese plomo que yo tenía ahora en el estómago, me quise dar un descanso de esos del guerrero, ya sabe, dejarme caer en el diván sin preocupaciones, sin más preocupación que tener que volver a despertar un tiempo más tarde. Me recosté la cabeza en la almohada, y en cuanto me levanté, ya pudo imaginarse…¡ Mis ojos! Mis queridos ojos, estaban como atrofiados, era horrible, las formas que siempre había observado, eran como gominolas de humo.
El doctor estaba meditabundo , tenía que separar esas metáforas bañadas en casuística, para poder percibir que :
1. Se había quedado ciego tras la ingesta de alimentos que había cocinado su suegra.
2. Su mujer se la estaba pegando y estaba buscando un pretexto lo suficientemente válido para echarlo de casa ( Eliminó esta segunda idea, ya que no tenía nada de dato clínico).
- Debió de ser un gran choque, de repente, no sé, es todo demasiado repentino, no cree usted.
- Y por eso vine a verle, ha sido todo tan esporádico que parece cosa de brujería. Y ahora usted me ve aquí sentado en su despacho. Dígame que hallará diagnóstico y cura, doctor. Es tan abominable lo que veo…
“ La oscuridad es el peor de los monstruos, amigo” pensó el doctor, pero se calló, le pareció un comentario cruel, y más ahora que sería un invidente.
El doctor, con menos parsimonia que antes, cogió su linternita de esa que siempre tenía prendida en un lado de la bata, la encendió, la probó contra la pared y se la dirigió a la retina. Veía una superficie grisácea, con leves ondulaciones, como quien chapotea en el agua, y luego vio que tenía los ojos irritados, probablemente el humo de la asquerosa ciudad. Veía que los ojos se movían súbitamente con el golpe de luz. Entonces, se quedó sorprendido.
- ¿Acaso percibe usted la luz? – dijo el doctor, bastante inseguro.
- Claro que la percibo, la veo desde la linternita, también veo esos muñones que tiene por dedos asirla firmemente. Pero no me deje con ellos doctor, todos son unos monstruos.
- ¿ Quiénes son unos monstruos? – preguntó desconcertado el médico.
- Ellos, la gente que veo por la calle, con esos aspectos tan extravagantes y tan lejanos a lo que era mi realidad… - y no pudo reprimir un sollozo que pareció un chirrido.
- Pero cómo, entonces ve.
- Claro que veo, pero desde esta tarde no veo los colores, los atardeceres, las cosas banales de la vida. Desde esta tarde veo las almas.
- ¡ Pero entonces puede usted tener superpoderes! – exclamó de júbilo el doctor. A Rodolfo le pareció que un hombre serio y de sus aspiraciones creyera en esas patrañas. Permaneció callado.
- Pero qué pasa, no puede convivir con esa visión o qué – preguntó el médico.
- Claro que puedo convivir con ello, lo único que sólo veo almas, no veo las caras. Sólo veo el interior, el espíritu, el ente de los que se cruzan conmigo.
- Pero, y entonces, Rodolfo, cuál es el problema – dijo el doctor desconcertado, colocándose las patillas de las gafas.
- En que cuanto más las miro, más horribles me parecen.

sábado, 14 de agosto de 2010

El mundo de las palabras demasiado insignificantes como para ser entendidas

Gracias Júlia


Se dio cuenta de que trabajar en verano en la bilbioteca era algo más bien despreciable. Le atizaba tórrido el calor por los ventanales, y los lomos de los libros parecían decolorarse día a día que les incidía el sol. No sabía cómo había podido aceptar ese curro de mierda. Viejos leyendo el periódico, viendo el mundo pasar página a página. La tarde a veces se llenaba de un olor de café espeso y oscuro, que le llegaba desde la oficina de los burócratas indomables que habitaban al final del pasillo. Más de una vez le había llegado el olor mientras recogía los libros devueltos y los colocaba por orden alfabético, por autor, por drama o comedia; otras veces el olor le había llegado desde la alta escalinata con ruedas que usaba para llegar a esos estantes que parecen estar ahí para ser olvidados, ya que sólo llegarían a agarrarlos un grupo de jugadores de baloncesto saltando. Una vez, estando sentado en una mesa, el olor del café pasó a través de un helecho que había cerca de sí, y la tesitura de ese olor le marcó profundamente.
La verdad, ir a la biblioteca le había beneficiado bastante. En su mesa habían aparecido tomos de Joyce, de Tóstoi, de Bernard Shaw... Todo extranjero, cómo no. A quién se le ocurre leer algo autóctono, si nunca vale más que un pisapapeles.
Había muchos viejitos que venían a proyecciones de clásicos, como Casablanca o El Padrino ( esas eran las que él había visto durante más tiempo por su amor a la genialidad de Marlon Brando), en vez de ir al cine, que últimamente estaba todo carísimo, y antes de cada película se les ocurría hablar de cómo les chupaban la sangre y su pensión se hacía más y más ínfima, hasta esfumarse con las gotas de polvo que barría Doris, la asistenta de la limpieza a la tarde.
Una tarde, dos horas antes de que hubiera una proyección, estaba ordenando clásicos irlandeses por orden alfabético, y se encontró a un viejo dos mesas más allá con un tomo desvencijado de la Larousse. Cuando estornudó, él le dijo salud, y cinco segundos más tarde, le preguntó si no sabía que había versiones más modernas de esa enciclopedia. El viejo rió, se le erizaron ligeramente las patas de gallo. Le dijo, Claro que lo sé, pero es curioso saber lo que antes no sabíamos, además huele a viejo, como yo, dijo sonriendo.
Entonces Rafa reflexionó dos segundos, a él también le gustaban los libros que olían a viejo.
Se invitaron a un café, y él le enseñó todo lo mágico que hay en las cosas antiguas, los borrones de la tinta por el paso del tiempo, las palabras escritas a boli de algún estudiante que necesitó para una consulta, el que posiblemente ahora sería un rutilante abogado ; algunas entradas desfasadas... Entre datos , descubrió que la primera Thompson, la ametralladora, se inventó antes que la máquina UnderWood de escritura. Es decir, aprendimos primero a matar que a expresarnos. Le pareció un acto bastante sombrío y deplorable.
Él seguía con el orden alfanumérico absurdo de los libros que le había dicho la bibliotecaria, y mientras el viejo se deleitaba leyendo la enciclopedia vieja, todos los tomos. Cuando lo conoció, Iba por la D. En agosto estaba por la M.
Hubo un día que no le vio leyendo Larousse, y Marcos ( como se llamaba el viejo ) estaba más sombrío que de costumbre.
Marcos, qué te pasa, preguntó Rafa escueto. Nada, dijo, me he dado cuenta de que hay palabras que no aparecen en la enciclopedia. Y eso es tan terrible, preguntó Rafa.
Claro que lo es, contesté. Seriamente los chicos de hoy en dia no saben nada. Se quedará pasmado cuando le diga las palabras que no encontré.
No estaba la descripción de Amor, de Felicidad, de Compañia. Hay un vacío rotundo donde se supone que deberían estar.
Pero esto lo encontraste en la Larousse, preguntó Rafa. No, estaban en el diccionario de la RAE de 1999.
- Esa es la última edición- dijo Rafa
- Lo sé. Nuestro futuro está mal encaminado.
El silencio se cargó un momento hasta que Rafa volvió a preguntar.
- Pero dígame, qué problema hay con que esas palabras no salgan, no lo entiendo.
El viejo se sintió como súbitamente resentido, pero se acordó que él era joven y rectificó.
- Bueno... Está claro que a tu edad no puedes comprender lo que es importante de verdad. Pero con tu edad no me refiero a tu madurez, sino a la sociedad en la que te ha tocado vivir. Hoy día, no se valora un paseo por la playa, un beso a medianoche (no, ,creeme, no se valora), una cena con amigos... Nos hemos distanciado tanto, poniendo ingentes barreras entre nosotros y el mundo de lo que realmente merece la pena... Y todo por el cochino dinero. Dime una cosa, qué cosa de las que puedes comprar te hacen felices, sin contar los bienes básicos.
Rafa se quedó pensando. Libros, dijo él. Si bueno, pero date cuenta de que si eres socio de la biblioteca, no tienes que pagar por ellos. TIene razón, dijo Rafa. Entonces, una consola, una PlayStation. Pero esa ilusión que te brinda es momentánea. Te acabarás aburriendo de ella.
Rafa no supo qué decir. Lo que te quiero decir, dijo Marcos, es que han hecho desaparecer las cosas más bonitas. También han desaparecido cosas que no son tanto, pero a nadie le importaba. Piensa que si tuvieras que decirme la definición de amor, no sabrías cuál es.
- Besos- dijo Rafa sin pensarlo.
- Bueno, no exactamente. Pero has captado lo que te he dicho, ¿ no ? Hay un mundo detrás de las palabras que decimos día a día. Y estas palabras llegaron a un punto que fueron tan insignificantes en las enciclopedias o en los anuncios por darle importancia a otras que no lo eran tanto, y que acabaron desapareciendo como estelas de polvo un día de primavera.
Rafa se quedó meditativo, y de repente se levantó de la silla y fue a buscar un teléfono.
- A dónde vas.
- A llamar a la RAE, a decirles que he conocido a una persona que puede ayudarles en su próxima actualización.

Crepusculario

Martín oteó el horizonte, faltaban unos cuarenta minutos para que se cruzara por su línea visual la figura del sol hundiéndose en el mar.
Tenía una calabaza oscura donde se le apelmazaba el mate, y al lado un gean tonic al que se le iban derritiendo desmesuradamente los hielos. Ojeaba una revista por puro placer de desganarse las horas, pero lo único que se movía al arrullo del ventilador era el pequeño montoncito de libretas azules que tenía a un lado del escritorio, en frente de la ventana. El aire golpeaba la primera hoja de la libreta tope, haciéndola ondear como una vela, dejando en el aire un crujido desconocido y delicioso. No se le ocurrió otra cosa que ponerle el vaso del gean tonic a la tapa fina del Molleskine, y al ver el círculo de agua que dejaba el hielo sobre la tapa se le ocurrió pensar a dónde viajaría si realmente su sillón fuera un Voltaire. Pero se acordó ( y cayó su desilusión al gean tonic, estuvo a punto de ahogarse ) de que su silla era de mimbre, que lo único que pueden usar los pobres para viajar es la imaginación.
Se decidió incorporarse, y su entrelazado de mimbre hizo una especie de gruñido espantoso, le sobresaltó súbitamente.
Se acomodó la chaqueta y escuchó el rumiar de las gaviotas, la playa estaba triste hoy, la arena parecía suspirar. Las olas golpeaban fieras contra las rocas calizas, y pudo ver la neblina bailando alrededor de las oriundas araucarias.
" Ah, araucarias" pensó mientras sorbía del vaso.
Como se le ocurrió que se le podría hacer tarde, empezó a preparar el tinglado. Desenfundó el telescopio de un paquete negro después de haberlo sacado de un rincón apartado de la esquina oeste de su estudio, lo colocó en la ventana, abrió un poco más los póstigos y dejó que la luz bermellón le diera en la cara. Luego cogió un pequeño estante que tenía al lado de la puerta que da a la salita y lo colocó junto con un taburete al lado del telescopio. Bajó del desván un cofre con astrolabios, cartas de navegación del siglo XIII ( portuguesas), y así un sinfín de retaílas y de instrumentos que hubieren de parecer innecesarios en cualquier parte. Tenía cartas e instrumentos náuticos , telescopios y sextantes, libros de poesía y de Pessoa ( aunque éstos eran para deshilachar un poco el tiempo mientras esperaba)... Era como mirar a la ventana y ver un territorio con mil formas de explorarse, y él se decía, Tengo que estar preparado. Nunca se sabe cómo ni de qué forma va a desaparecerse esta vez.
Pero si era cierto que él sabía que todas las tardes se acostaba sobre el Oeste, a veces con la mar plana, a veces con olas ondulantes que persistían durante toda la noche. La primera semana, incluso si lo apuras, el primer mes, cuando le compró la casa a un loco que hablaba como susurrando, estuvo en duermevela por el continuo golpear de las olas en la playa. Pero aún así, ah, qué vistas, solo por eso merece levantarse así cada mañana.
Desenrolló un mapa de todo el hemisferio austral y lo apoyó entre una silla y el brazo de su sillón de mimbre. Tenía los libros desperdigados por la habitación, pero lo cierto era que encontraba más cosas en su propio desorden que en el orden de los demás. Puso música en un tocadiscos usado, se colocó recostado, la silla mirando a la ventana, agarró el telescopio con la mano izquierda mientras con la derecha sorbía el jugo de los hielos de lo que quedaba en el vaso, y entonces enfocó la imagen del telescopio tocando a rasero en el horizonte. Luego examinó las cartas náuticas con cierta minucia, marcando algunas cosas con el compás. La silla rechinó al coger el Molleskine sobre el que había apoyado el vaso, y abrió la primera página. " NOVIEMBRE 1973". Había estado dos meses solo en el ático, pero se le ocurrió la gran idea de dedicarse a estudiar los crepúsculos desde aquella sala desde que una tarde se decidió a colgar una hamaca y a ver el sol caer como las hojas en otoño. Estaba también con la idea de llevar esos descubrimientos a la comunidad científica, su trabajo como administrativo y funcionario, a parte de no depararle más que una miseria, no le gratificaba de verdad. La mujer se le encabronó cuando decidió dejar el trabajo, pero estaba en trámites de publicar sus ensayos sobre " El crepúsculo y cómo incide en el Pacífico desde el Hemisferio Sur", el cual al final había decidido bautizar como crepusculario. Era más fácil, entendible, y así lo dejó.
De pronto, como si alguien hubiera mandado a callar en la sala, empezó a mantener silencio y a atolondrarse en los movimientos a la vez; agarró todos los cachivaches, intentó enfocárselos en los mil ojos de pirata que no tenía, hasta que al final se decidió a mirar primero por el telescopio. Miró la aureola púrpura que rodeaba la pelota, el medio queso de bola que se confundía con el mar, que estaba tan difuso por el brillo que parecía un campo de trigo. Separó la vida del cristal abombado , separó también la retina oscura y observó por su propia vista el apogeo que desprendían las mil y una escala de tonos chillones que tantas tardes le hacían sangrar el corazón. " Crepusculario..." dijo entre sí. En mitad de ese tumultuoso murmullo , le emergió una idea, Crepusculario es el nombre de un libro que editó el hombre que me vendió la casa, en paz descanse, cayó en la cuenta Augusto, El pobre, cáncer de próstata a tal edad. Se le nota que había viajado mucho, pero en fin, todo pasa y se nos esfuma..
Cuando al final el sol se escondió en ese breve lapso de tiempo, se lamentó como todas las noches. Se sirvió otra copa, recogió los aparejos y volvió a prender el vaso con una fina soltura. Cuando vio que se había cerrado el cielo y que la noche tenía hendiduras, decidió pegarle un trago largo al bourbon, Pero antes, dijo Augusto, un brindis solitario.
- Esta va por ti... - dijo mientras se sacaba el nombre de detrás del paladar - Neruda.

domingo, 8 de agosto de 2010

Dieciséis horas escribiendo

Cuando el médico me dijo que esos dolores de estómago eran más que una indigestión por comer ciruelas, una especie de diarrea emplastada, o una absurda necesidad de hacerse el enfermito, entonces si supe lo que era bueno. Tenía grandes estragos en el estómago, por la parte del colon y las paredes del revestimiento epiteliar las tenía enjugadas en algo que era corrosivo, y los médicos no sabían a qué se podía referir. Resumiendo, ese niño sano que algún dia estuve siendo, cambió, y el médico me concedió sólo 24 horas de vida, no mas. A los trece años, con tal índole problemática en la barriga, lo normal hubiera sido echarme a llorar. Pero ya se sabe, esa fuerza que nos caracteriza nosotros, a los moribundos del espeso color de la bilis que se refleja en nuestra cara. Tardé veintitrés minutos tras el diagnóstico que necesitaba tener un legado. Algo que me recordara, por los hijos de los hijos que nunca tendría, claro, pero sí por encima de toda esa humanidad. A lo único a lo que podía aspirar era a trascender.
Decidí ponerme con esto, descontamos las horas que me pasé en el hospital, la pasada que hicimos hacia casa de los abuelos, todos esos llantos cayendo en la alfombra, yo les intentaba hacer recordar que era una alfombra siria, que las manchas de todo ese río de lágrimas no saldrían después , pero no me hicieron caso.
Cuando llegué a mi casa, abrí el ordenador, y con esto, me voy a disponer a escribir durante dieciséis horas lo que puede ser mi legado, empezando desde ya :
A los cinco minutos de estarme pensando qué escribir, decidí dar una vuelta al aire libre. Entonces me di cuenta, en estas horas que me quedaban, he hecho surf, he ido al parque de atracciones, he besado a una mujer por primera vez, he mirado un crepúsculo hundiéndose lejano en el horizonte, he comido en un buen restaurante, he escrito un poema ( y solo uno), he probado los cigarrillos ( y la verdad no merece morir por eso ) y me he atracado a dulces. Todo eso ha valido más para mí que una colección completa de tomos sobre mi ( corta) vida. Y en estos veinte minutos de vida que me quedan, quiero decirte que no soy de esas personas que tomaban jarabe solo para beber, ni vivían de forma tan despreocupada como si se fueran a morir mañana. Y hoy, me arrepiento de no haberlo hecho. Y no hace falta una vida entera para darse cuenta. Buenas noches.

jueves, 22 de julio de 2010

El jardinero de los dilemas

Nunca se averigua bien a que palada exacta un hoyo es perfecto, con esa redondez despreciable, en la que cabe cualquier tipo de macetero, como si fuera de arcilla o de goma. Juan Esteban acababa de rebañar la maceta pulida con determinación, para terminar de quitar el cogollo de lechuga que sir Percival tenía en un rincón de su jardín. Era un jardín incómodo y lleno de bultos, de esos que te entorpecen la vista cuando tus pupilas se ponen a caminar. Estatuas extravagantes que a la mínima parecían estar vivas, con ojos fríos, cubiertos a su vez de témpanos insignificantes, caniches de cristal, estructuras no ergonómicas de cristal en invierno... Todo lo fastuoso que te pueda parecer, y también tenía un apartado del jardín solo para las rosas. Por las tardes de primavera se filtraban todos los efluvios por lo grandes que eran los pétalos, todo se circundaba en un intenso sahumerio de olores. Miss Percival nos hacía sacar el diván, nos desocupaba a las mucamas de la cocina y se lo colocábamos encima de la yerba importada, imagine usted, yerba perfectamente colocada, mientras alrededor hay suburbios que se pudren con el polvo que levantan los terrenos sin edificar. Con lo poco que llueve, para lavar nuestros trajes grisáceos ya es una odisea. Por lo que me enteré, en aquella época el señor Juan Esteban ( el Este, para no confundirlo con Juan el piscinero, llegamos a hacer bromas de " este es el Juan" y demás) había recibido consideradamente por Mr Percival un cobertizo para resguardarse de la lluvia, y vivir allí con la hija y la mujer. Alguna vez vi a la hija en la cocina echándonos una mano, o con las camas por la mañana para ganarse algo extra, pero el Este quería que su hija estudiara, y le compró libros (y cogió prestados también ) de esos que tienen el lomo raído y parecen tan interesantes, para que la niña aprendiera echándole horas. Todas las horas ella se las dedicaba a leer y a aprender a escribir y a leer, se llamaba Maria Antonella y parecía una flor de lis en un cementerio mustio. Lástima que su padre vertiera toda la abnegación en sus preciadas rosas. Parecía que las amaba a ellas, pero no a su mujer y a sus hijas, sino a esas actrices de farándula sombría donde mecen los párpados, como si no tuvieran ojos y miraran a Este con las espinas.
El problema vino realmente cuando escaseó el dinero en casa. A la niña ese conocimiento insaciable se le había vuelto tan grande como las tallas de su pantalón, y tenían que suplir esas urgentes carencias con un profesor particular. Claro, escaseaba el dinero, y un tal Tomás, del barrio latino de Nuevo México le había dicho que cambiando un poco de nieve conseguiría unos arreglillos, que él no podía hacer nada porque la zona estaba muy jerarquizada por los malditos ojos de limón, y todo había salido muy conflictivo. La verdad que una misma fue al mercado hace unos meses, y tuvo que pasar por la zona de la intersección de las bandas, y es solo el miedo que se filtra en sus ojos, como una llama bañada en etanol. Cogí los ingredientes y salí de allí al tiro, era una zona más bien horrible. El caso es que Este se vio apurado por el dinero, no quería que su niñita se viera desempleada, muchas veces soñaba él despierto con que llegaría a Harvard, o al MIT con alguna ingeniería que le adornara el currículum hasta endosárselo a un magnate de las alturas, y poder vivir así todos pudiente.
Pensó ( como todo héroe de odisea ) que en él estaba todo el poder para resolver la encrucijada, y a los dos días le llamó para empezar a traficar. Incluso la mujer se alegró de tener más holgura económica, y de que el tutor llegara a casa y la niña tuviera un conocimiento nuevo cada día.
Al principio, le fue bien. Le daban la droga, y cuando terminaba de arreglar el jardín se iba a traficar hasta que se hundía el ocaso. Se marchaba en un Ford negro, desgastado y humillado por el clima, que no perdona, dígaselo usted a mis rodillas. Eso sí, cuando volvía ya por la noche, se volvía a poner el mono verde de un color vivaz y se pegaba con celo una linterna a las sienes, y se iba a cuidar las rosas. Más de una vez le sorprendió el día, y cuando vio que bajaba el rocío lentamente por el tallo decidió irse a acostar. Durmió durante casi una hora, y volvió a iniciar el ciclo por todo el jardín. Las ojeras parecían que le estaban devorando, al quinto mes su aspecto no era de este mundo. A los siete, la razón tampoco.
Durante varias veces escuchamos las mucamas todas las reyertas, a veces cometía el error de traerse el trabajo a casa. Y cometió el segundo error cuando empezó a cortarla para sacarse más beneficio y meter a su hija con clases por la tarde también, y el año que viene, quién sabe, algún requerimiento para una escuela pública. Una vez llegaron a amenazarlo con un cuchillo, lo vi yo con la luz tenue de mi candil. Otra vez le metieron tal paliza que dizque los ojos morados parecían beterradas marchitas al día siguiente.
Pero lo peor vino un mediodía del noveno mes.
El negocio se le había ido de las manos, y tuvieron jefes del hampa de la zona que hacerle uno de sus tan utilizados ajuste de cuentas. La mujer y la hija estaban recogiendo las bayas frutales de al lado de la cerca, a unos cincuenta metros. Los señores habían salido a una comida, y estaba solo el personal de servicio.
Con un chasquido de cerrojo, la puerta de la entrada se había abierto de par en par empujada por un Land Rover, y atrás de la cabina iban dos chinos con metrallas que parecían de fogueo, pero que no lo eran. Enseguida tumbaron a la hija y a la mujer del Este, las dejaron yertas con la misma mirada que tendrían nueve horas más tarde en el velorio, y los demás huímos al ver el panorama. Cuando se hubieron ido, le conté a Este lo que había pasado.
- ! Juan Esteban! ! Acribillaron en jeep a tu mujer y tu hija!
- Rayos.. - dijo Este con un atisbo de decepción - Espero que los malditos chinos no me hayan estropeado los rosales, si no Mr Percival no me pagará. Y ese dinero me hace falta, el mes que viene vamos a enviar a mi hija a un colegio público - dijo con una sonrisa infantil.

lunes, 12 de julio de 2010

El pájaro estertor ( colaboración de Júlia)

Siempre fue un avanzado de su camada, no hubo ni viento ni marea que llegara a quebrarle aquella especie de canto tibio. Si los pájaros hubieran sido conscientes de qué es la ópera o los musicales, probablemente éste del que hablo hubiera participado en Broadway, como rutilante estrella avezada, soltando gorgoritos . Las mañanas en las que él se levantaba mullido en unas hilachas tiernas (como solía ser su nido) se encontraba feliz. Entonces rezongaba por todo el valle su canto, pareciendo doblar los más fuertes juncos y haciendo caer la más pesada de las bellotas. Todos le admiraban, aunque nunca tuvo nombre; como nadie en ese valle lo tuvo jamás lo diferenciaron por su plumaje vetusto y escarlata, cuando a veces le incidían los rayos de sol deslumbraba a los que le admiraban alrededor. Sus patas eran ligeramente más fibrosas, de un color marrón parecido al del corcho. A veces las veías temblar yendo de rama en rama, como si estuvieran hechas de flan, y se libró muchas veces de ir a dar su parte trasera con una espina.
Sin embargo, habían días en las que él se levantaba soñoliento, triste o demacrado, no salía ni una nota de esa boca suya suave de lirio, y todos los animales enmudecían. El valle se tornaba sombrío, en un espectro color del crudo, las hojas caían sin ganas y las nubes algodonadas se agolpaban en forma de cirios: la naturaleza estaba ese día predispuesta para un velorio.
Una tarde se había vaticinado por los colores del viento que el pájaro cantor caería en una profunda enfermedad que sería peor que la muerte. Paradójicamente, éste vaticinio hizo que el pájaro se sintiera desfallecer y tuviera que empezar tres días antes los remarcados días de reposo. Pareció que se hizo alusión general a una alarma, se encontró toda la explanada en una especie de estado de sitio, ni siquiera los animales grandes y poderosos se atrevieron a musitar. El tiempo acompañó siempre a la terquedad de la actitud de los animales, pasaron años sin que ninguno levantara cabeza. Incluso después de la muerte del pájaro estertor, se siguió sin mesura con una especie de luto que solo debía de desvanecerse el día que lloviera sangre de mariposa monarca. Algunos permanecían incrédulos, y no pensaban que nunca fuera a caer la susodicha lluvia.
Se probó con toda clase de unguentos, se llevaron hojas de todas las clases, de bayas, rosas con espinas, sin ellas, blancas, geranios, hojas de pino... Eso solo apelmazaba el aire en el nido cerrado del estertor, creando una materia densa, producto de los sahumerios. Más de un animal se mareaba y tenía que salir de la casa antes de desfallecerse y caer al vacío desde la quinta rama empezando por arriba de la secuoya. Habían tenido que hacer dos tumbas improvisadas, y una tercera muerte se acabó por incinerar, ya que el muerto había pedido que se le enterrara con las botas puestas, y al ser un ciempiés no hubo voluntarios ni haciéndolo por turnos. Así que recogieron una lupa del "Vertedero de cosas alucinantes" y lo quemaron con las primeras luces del día.
Todo este trajín del pájaro, estrella ahora estrellada, estaba desarrollando unas infraestructuras antes impensables. Debido a la enfermedad, las avispas establecieron un servicio aéreo de urgencias, ya que se descubrió que su veneno destilado tenía propiedades analgésicas. Las orugas, por su parte, hicieron un pacto para el servicio de tierra, y tejieron camillas con su hilo para la metamorfosis, renunciando algunas a ser mariposas para siempre, lo que les valió a muchas medallas al mérito.
Para que las personalidades pudieran subir , se fabricó un ascensor hecho de cáñamo y de madera, que hacía un crujido delicioso, como cuando cascas un huevo. Así se aseguraban de que la mantis religiosa podía llegar a la casa del pájaro para darle la extremaunción, y solía visitarle cuando repicaban las campanas en Pentecostés.
Y así pasó un mes que el pájaro no se moría, y la gente se impacientaba esperando cada vez más al pie del árbol, y se hicieron pancartas de condolencia, y un escarabajo con vista apuró sus ahorros para abrir, entre las raíces, un bar de jugos de bayas mezclados con algo que encontró en el Vertedero, que sin saberlo, era etanol. Un día de fiesta se emborracharon tanto que las orugas tuvieron que congeniar con las avispas, eternas enemigas, como ánimas peleadas de tiempos inmemoriales, para que muchos no murieran de perforación de vesícula. El escarabajo fue condenado a burla pública durante treinta segundos, los cuales le parecieron una eternidad. Cuando volvió a su puesto, cambió el bar por un sitio de tapas de nouvelle cuisine, como briznas de yerba con soja y miel, o trozos de semillas al calor con estambres de flores de jacarandá. A la mayoría le parecían unos precios abusivos, pero como siempre entraba hambre esperando, y la comida que había alrededor estaba marchita, o llena de demasiada tierra, al final el escarabajo acababa haciendo caja. " Que esto ha subido, antes comprabas más por menos polen, es un atraco sin mesura, señor Pelotero"
Sin tanto tiempo de oír al Ruiseñor Moribundo, como le llamaban en otras praderas por la pura inercia de la leyenda ,que fue amontonándose como hojas secas en otoño. Algunos decían que se había autoinflingido las lesiones para dar pena, otros decían que había hecho un pacto con el diablo pero que no lo había terminado, y que éste le había condenado a la peor tortura para un ruiseñor, vivir sin voz. Otros ( los más cercanos a la respuesta real ) decían que estaba muerto. Realmente lo estaba, estaba muriendo de hacía tiempo , desde aquella tarde de septiembre en que le vaticinaron que moriría mudo entre golpes de fiebre.
Le pareció que entre todos los cataplasmas de porquerías que le hacían tomar ya había muerto hace tiempo. Pero aún así veía entrar la luz por los huecos del nido con la misma fuerza todas las mañanas, y sus patas estaban débiles como para acercarse hacia el borde y lanzar un último graznido sordo que le destripara las necesidades de su alma desquiciada.
Pero un día lo hizo.
Un día sintió sus patas virarse en mitad de su lecho, tambalearse como dos juncos en mitad de la brisa, como dos zancos inexpertos e impredecibles.
Se tomó el valor necesario para arrimarse a la cornisa de cerillas que unas hormigas rojas le habían dispuesto con minuciosidad, y con una señal de su ala hizo que la gente se diera cuenta de que quería hablar.
Se organizó un tropel indeciso , y se paró el tráfico por la nueva autovía que pasaba por encima del charco, las farolas se iluminaron como pelotas de neón cobrizo un mosquito le acercó un megáfono.
El escarabajo, apelotonado entre jarras de cerveza frías, comenzó a pasarlas entre la gente que se puso en forma de hervidero alrededor del tronco. Se vio la mantis caminar bajo el crepúsculo para llegar a la extremaunción. Todo se llenó de un fervor antes inconcebible, y cuando el aire se impregnó de ese silencio transparente y respetuoso, el pájaro asió el micrófono con fuerza, y lo único que salió de sus picos fue un sonido estridente, que solo se parecía en el canto de un cisne porque ambos eran aves. Entonces, desplomándose por el lado de afuera, cayó hasta abajo de la secuoya, y la gente aplaudiendo, otros llorando, otros quitándole las plumas al mirlo, o al ruiseñor, ahora no se sabe bien lo que era, la noche difumina con rapidez. Y mientras la mantis bajaba atolondrada para darle la última extremaunción, ya que había decidido desde hacía una semana que iba a dejar el seminario. Todos comenzaron a recogerlo todo, clausuraron el bar, cerraron el servicio médico, abolieron las carreteras... Todo se fue al vertedero, en espera de que alguna vez hiciera falta otra vez. No quedó nada, excepto un campo llano y una tumba con un pájaro con asma mortal, y al lado, un ciempiés que no pudo morir con sus botines de charol

miércoles, 30 de junio de 2010

El viaje de prima Esther

En ningún momento pareció un plan descabellado, en una cena familiar de esas nocturnas surgió la idea de que la prima Esther fuera a estudiar su segundo de bachillerato a Chicago, por sus altas calificaciones y por huir del oprobio que significaba trabajar en la isla, una cárcel sin paredes pero con un mar de lejanía. Enseguida se empezaron a movilizar para conseguirle los billetes, buscando por mediaciones de agencias de viajes, páginas baratas de internet, y claro, con el descuento de residente el billete salía tirado hasta Madrid, ahora, el de Chicago era más bien salado. La familia entendía la situación económica, era una tesitura que estaba generalmente pendiente de un hilo. Aún así, se vendieron algunas joyas de la abuela Enriqueta, tuvieron que ser extraídas de las oxidadas valijas, ya que habían perdido las llaves de una forma demasiado casual, aunque todos sabían que las Hermanas ( hijas de Enriqueta ) habían hecho lo posible por evitar que se empeñaran. Sin embargo, Juan Riguero, el padre de la prima Esther, había sugerido (e incluso hizo el ademán) utilizar un machete de cobre que había en uno de los desvanes para apuñalar vilmente el cofre, sacarle todo el contenido como si fueran las tripas de un animal y utilizar por fin ese ansiado dinero para pagarle el viaje a la prima.
El pluriempleo entre los varones fue como una especie de epidemia rala, una urgente necesidad para hacerle merecer su futuro, dejar a un lado la casta e intentar apechugar con la economía porque " algún día la niña deslumbraría". Así pues, fue frecuente encontrar en nuestra casa ( la que parecía tomada como un cuartel general ) y concretamente en el pollo y en la mesa de la cocina periódicos a subrayador amarillo, con lápiz o recortados, apelotonados como si tuvieran miedo de no ser utilizados o condenados a la basura de residuos orgánicos. A los dos meses, todos habían conseguido algún trabajillo, pero aún así todos vivíamos con un incesante vaivén y un latido que parecía único, intentando adelantarse al plazo de la matrícula que se abría en agosto, y estábamos en derredor de julio. Crecieron rápidamente tonos irascibles y ojeras oscuras, debido al cansancio y la extenuación, pero ellos seguían por el bien de la niña, la cual estaba terriblemente emocionada con su partida, la apertura hacia un nuevo mundo lleno de aspiraciones, y no como le llamaba ella a la isla " una caja de zapatos mojada".
Para mí fue divertido mirar las operaciones desde el prisma casi nublado de un tórrido verano, quiero decir que de aquella época lo que más recuerdo eran las montañas de libros que se erigían cerca del cuarto de la prima, como si su única misión fuera prepararse más para poder sentirse más orgullosa. A todo eso le siguió una especie de culto que se le erigió, se convirtió en la Mahoma de la casa, como si hubiera que honrarla por algo que podría hacer. Le hacían ofrendas como eran los vestidos para las fiestas que tendría, también le compraban los útiles más caros , y todo eso parecía ser una soga que aumentaba la tensión alrededor del cuello de la familia.
La víspera fue la peor parte, las dos noches antes fueron circunstancias que no parecían reales, que por fin se iba, había llegado justo el dinero para el billete y la matrícula, aunque luego hubo que pagar el dinero a varios acreedores, ya que los gastos como dije iban subiendo como una espuma en borbotón, una especie de aproximación minuciosa hacia el peor de los destinos. Le legaron cartas de felicitaciones, sms, emails, llamadas, recomendaciones para el viaje... A todos pareció acabarle esa extenuación, ahora sí que parecía erigirse en un pedestal modesto y humilde, con un libro en la mano y un ramillete de incienso para espantar a los mosquitos de Chicago, que se rumoreaba que los de la costa Oeste eran como jabalíes, que parecían auténticos agujeros de bala sus picadas.
Las ocho horas antes del vuelo de Las Palmas mi casa parecía una oriunda sacristía, todo lleno de plegarias, de llantos, de alegrías y de alguna luz tenue que difundía el incienso de canela que había encendido la tía Marisa. Todo el tedio durante aquel verano desapareció por arte de magia, como si un meteorito le hubiera caido. La verdad, entre tan susceptible y furibundo ajetreo era difícil no estar haciendo algo, cargando cajas de comida recién llegadas para abastecer al batallón familiar que ahora asediaba nuestra casa, ordenando los libros que la prima apilaba en los exteriores de sus aposentos y colocándolos en la zona del salón por si los necesitase. Necesitaba prepararse para la prueba de inicio de la Universidad, aunque todos, incluido ella, supimos que iba a entrar.
Entre tanto alboroto de aquellas horas previas llegué a pisar su cuarto, con algún pretexto de llevarle comida de una de mis tías, y entonces percibí los libros aglutinados encima de la mesa, todo ese sahumerio radiante que parecía llegar a filtrarse en todo el aire de la habitación, con las persianas bajadas. Parecía realmente una caverna donde ella tenía sus adoraciones, para rogarle al cielo que no le pasara nada.
Fue una comitiva al aeropuerto para llevarla, con varios coches, a los cuales solo le faltaban los cristales tintados para parecer presidenciales. Desempacaron las maletas, y con las féminas llorando que parecían plañideras, a grandes efectos, un gran funeral. Procesión sublime hasta el control policial donde se desabrochó el cinturón para colocarlo en el cajón blanco e ir hacia la puerta B22 con destino a Madrid a las 17:40 de un veintitrés de julio cualquiera, tras entregar el manido billete a la policía del control se sumergió en la burocracia del aeropuerto. Entonces vi desde la luenga barandilla de tela cómo mi prima se iba hundiendo en la marabunta latente de gente que iba pasando, cómo se iba perdiendo en la soledad de sus muros hasta desvanecerse, y cómo enterarse dos meses más tarde que la habían encontrado ahogada en el Michigan a las dos de la mañana, producto de una violación al salir de la biblioteca.

miércoles, 23 de junio de 2010

Odio

Siento aferrarme a ese odio, por esas fino hilo colocado con postura angosta; siento ser tabla de mesa, raya de cocaína esparcida y dispuesta, de una forma u otra en mitad de la insondable noche, del insondable maullar de un gato con demoniacos ojos. Mi espalda sangra, ojalá fuera mi corazón, mi barriga cuelga y mi pena se atormenta.
Entonces abres la ventana, de a dosel, de terciopelo, dejas entrar leve un cendal de bruma oscura, casi plana, escuchas al grillo frotar, a la manzana caer, al bebé llorar. A tu corazón latir, despedazarse mientras lo arañas con la vida que se te escapas.
Compás, tic, tac, tic , tac, te ves apurado, atado de una forma que te acta una sinfonía de Chopin, en una especie de locura que sigue y sigue, noria absurda de connotaciones vacías, como si no dijeras nada. En fin, el ocaso no dice nada mientras te deja reflejar toda esa vastedad absurda, como un bostezo en una conferencia sobre Sartre dada por Kant (o viceversa para otros autores).
Como voy a seguir sin poder explicarlo , como aquello que no tiene sentido es lo que más daño y bien nos hacen, prefiero dejar esto así, como si nadie lo hubiera movido, como la misma raya de coca esparcida por la mesa.

lunes, 21 de junio de 2010

Usa Protector Solar

Señores y señoras usen protector solar. Si pudiera ofrecerles sólo un consejo para el futuro, sería éste: Usen protector solar.


Los científicos han comprobado sus beneficios a largo plazo mientras que los consejos que les voy a dar, no tienen ninguna base fiable y se basan únicamente en mi propia experiencia. He aquí mis consejos:


Disfruta de la fuerza y belleza de tu juventud. No me hagas caso. Nunca entenderás la fuerza y belleza de tu juventud hasta que no se haya marchitado. Pero créeme, dentro de veinte años, cuando en fotos te veas a ti mismo comprenderás, de una forma que no puedes comprender ahora, cuántas posibilidades tenías ante ti y lo guapo que eras en realidad. No estás tan gordo como imaginas. No te preocupes por el futuro. O preocúpate sabiendo que preocuparse es tan efectivo como tratar de resolver una ecuación de álgebra masticando chicle. Lo que sí es cierto es que los problemas que realmente tienen importancia en la vida son aquellos que nunca pasaron por tu mente, de ésos que te sorprenden a las cuatro de la tarde de un martes cualquiera.


Todos los días haz algo a lo que temas. Canta. No juegues con los sentimientos de los demás. No toleres que la gente juegue con los tuyos. Relájate. No pierdas el tiempo sintiendo celos. A veces se gana y a veces se pierde. La competencia es larga y, al final, sólo compites contra ti mismo. Recuerda los elogios que recibas. Olvida los insultos (pero si consigues hacerlo, dime cómo hacerlo). Guarda tus cartas de amor. Tira las cartas del banco. Estírate. No te sientas culpable si no sabes muy bien qué quieres de la vida. Las personas más interesantes que he conocido no sabían qué hacer con su vida cuando tenían veintidós años. Es más, algunas de las personas que conozco tampoco lo sabían a los cuarenta.


Toma mucho calcio. Cuida tus rodillas sentirás la falta que te hacen cuando te fallen. Quizá te cases, quizá no. Quizá tengas hijos, quizá no. Quizá te divorcies a los cuarenta, quizá no. Quizá bailes el vals en tu setenta y cinco aniversario de bodas. Hagas lo que hagas no te enorgullezcas ni te critiques demasiado. Optarás por una cosa u otra, como todos los demás.


Disfruta de tu cuerpo. Aprovéchalo de todas las formas que puedas. No tengas miedo ni te preocupes por lo que piensen los demás porque es el mejor instrumento que jamás tendrás. Baila, aunque tengas que hacerlo en el salón de tu casa. Lee las instrucciones aunque no las sigas. No leas revistas de belleza pues para lo único que sirven es para hacerte sentir feo.


Aprende a entender a tus padres. Será tarde cuando ellos ya no estén. Llévate bien con tus hermanos. Son el mejor vínculo con tu pasado y, probablemente, serán los que te acompañen en el futuro. Entiende que los amigos vienen y se van pero hay un puñado de ellos que debes conservar con mucho cariño. Esfuérzate por no desvincularte de algunos lugares y costumbres porque, cuando pase el tiempo, más los necesitarás. Vive en una ciudad alguna vez pero múdate antes de que te endurezcas. Vive en un pueblo alguna vez pero múdate antes de que te ablandes.


Viaja. Acepta algunas verdades ineludibles: los precios siempre subirán, los políticos siempre mentirán y tú también envejecerás. Y, cuando seas viejo, añorarás los tiempos en que eras joven: los precios eran razonables, los políticos eran honestos y los niños respetaban a los mayores. Respeta a los mayores. No esperes que nadie te mantenga pues tal vez recibas una herencia o, tal vez te cases con alguien rico pero, nunca sabrás cuánto durará. No te hagas demasiadas cosas en el pelo porque cuando tengas cuarenta años parecerá el de alguien de ochenta y cinco.


Sé cauto con los consejos que recibes y ten paciencia con quienes te los dan. Los consejos son una forma de nostalgia. Dar consejos es una forma de sacar el pasado del cubo de la basura, limpiarlo, ocultar las partes feas y reciclarlo dándole más valor del que tiene. Pero hazme caso en lo del protector solar.

domingo, 20 de junio de 2010

Lorenzo I

Sonó una campana de timbre, que indicaba el final de las clases. Lorenzo salió despipotado de clase, sin recoger de buenas formas sus útiles y sus libros. Corrió como un gavilán por los terruños que rodeaban los pocos centros de educación secundaria que había en toda la isla. Se movió por todas las calles, reconociéndolas y viviéndolas, porque se conocía cada baldosa lóbrega y cada feliz arbusto. Era un chico de mesura, tranquilo y de gran vocabulario. Llevaba unas gafas como de concha, medio onduladas y de pasta marrón. Tenía la nariz pequeña, un poco torcida, y la mayoría de las veces, los labios agrietados, muy sensibles.
Nunca fue altanero como los de su clase. Morenuchos todos (era un colegio masculino), fuertotes y arraigados en las artes de conquistar. En cambio, él, de vida sosegada, buscaba otro estilo. Era menudito, un poco escuálido, y, a ojos del Caribe, era un blanco de los que más. Las artes falatorias no fueron su punto fuerte, prefería llegar primero con las palabras y su personalidad. Era por eso, y sólo por eso, que a su bien entrada adolescencia, no había llegado agua que saciara su sed. No se sentía mal, lo aceptaba, aunque una parte de él deseaba que esa verdad fuera menos rancia, y poder mentir un poco más sobre lo que realmente quería.
Fue aquella misma tarde de junio, a punto de acabar las clases de lucero, pensando ya en las tranquilas playas, cuando la conoció.
Él siempre tenía la filosofía de que no había tiempo que perder, que cada segundo que no estás siendo feliz es un segundo que estás perdiendo. Por eso iba siempre volado a todas partes. Comía desaforado, igual que se duchaba. Era consciente, de que tenía suerte de conservar eso que todos tenemos y nadie valoramos: la vida.
Cruzando las esquinas, vendadas por los cruzares de la gente, siempre se obnubilaba al admirar el sol en forma de medallón, y la luna, casi inexistente, en forma de alfanje. Por eso, aquel día, sus pupilas no vieron a una hermosa señorita que llegaba a la cúspide de la esquina en el mismo instante que él. El golpe fue de happening. Al ir corriendo, casi tocan sus cabezas. Los dos cayeron al suelo, como impulsados por una fuerza mágica.
- ¡Lo siento! ¡No sabe cuánto lo siento! – se levantó rápidamente y la ayudó a levantar. Al hacerlo, su cara morena se quedó a escasos centímetros de las gafas de concha, y por consiguiente, de la boca de Lorenzo. Podía sentir su respiración.
La chica tardó en contestar.
- Me imagino. Me has hecho un buen placaje. – decía todo esto con una sonrisa tierna.
- Yo… De verdad... De...Debería mirar por dónde voy.
La chica sonrió. De repente, comenzó a recoger los libros que iba cargando desde antes del choque.
- Oh, déjeme que la ayude, señorita. – y se puso a su lado a organizar los libros en una pila. Todos eran de tapa dura, y verde.
Terminaron la faena, y al levantarse, Lorenzo hizo una reverencia, y dijo:
-Siento todo lo que le he hecho, está usted en su sano derecho de insultarme.
La chica rió. A Lorenzo le pareció que era una risa profunda, pero bella.
- ¿Por qué me tratas de usted? ¿Tan vieja te parezco?
- No quería ser grosero con… tigo – dijo, mientras emanaba rubor de sus mejillas.
Con una sonrisa de mariposa, la chica se enunció en nombre:
-Me llamo Yulia. Voy al colegio de Alcázar de San Juan.
- Ah, bien. Cerca de la esquina Boadil . –dijo Lorenzo, con voz algo alterada.
- Espero verte por allí alguna vez. –dijo ella, y una vez terminó, siguió su camino, tras soltar una mirada resplandeciente.
Lorenzo se quedó embobado, como asimilando pisco a pisco lo que acababa de pasar. Todo parecía florecer de otra manera. Las luces deslumbraban de otra forma, y las hojas caían con elegancia de los durazneros.
Por primera vez desde sus seis años, volvió a su casa pisando flojo, con el vapor de amor dormitando sobre sus cabellos, sus muslos, sus brazos.. su cabeza, que la había tocado… Se sentía rememorado por dentro.
Llegó a su casa, saludó brevemente a sus padres, y se metió en su habitación, sin merendar ni cenar. Las doce horas siguientes estuvieron llenas de achaques febriles por un amor que todavía no era ni conspiración.

sábado, 19 de junio de 2010

Fuente de inspiración

Por todo aquello que en la vida una vez te roza con mesura, con tranquilidad, con la fragilidad de un bostezo, me gustaría brindar por todos esos momentos en los que lees cosas cotidianas y hacen crear en ti armas maravillosas.






En Parral están de fiesta,
cien años cumple San Pablo,
panza de buda,
chile que se me indigesta,
pongamos, Matilde, que hablo
de un tal Neruda.

Cueca, valsecito y son,
brindando con vino tinto,
uvas y viento,
España en el corazón,
dijo el capitán del quinto
regimiento.

Qué puñal contra el olvido,
qué radical en la guerra
del diccionario,
qué confieso que he bebido,
qué residencia en la tierra,
qué extravagario.

Malditos sean los tiranos,
malditas sean las medallas
del desgobierno,
benditos los aurelianos
que perdieron mil batallas
contra el invierno.

Qué boina gris maldoror,
qué querencia, qué almohada
incandescente,
qué veinte poemas de amor,
qué canción desesperada,
qué delincuente.

Isla Negra, capital
del farewell, del te quiero,
de la duda,
del azúcar y la sal,
de las cartas del cartero
de Neruda.

jueves, 17 de junio de 2010

Lovers go home

Ahora que empecé el día
volviendo a tu mirada,
y me encontraste bien
y te encontré más linda.


Ahora que por fin
esta bastante claro
donde estás y donde
estoy.

Se por primera vez
que tendré fuerzas
para construir contigo
una amistad tan piola,
que del vecino
territorio del amor,
ese desesperado,
empezarán a mirarnos
con envidia,
y acabaran organizando
excursiones
para venir a preguntarnos
cómo hicimos.

miércoles, 16 de junio de 2010

The Back Up Plan

Esa mañana Marcelo se levantó desganado, como si unas orugas se hubieran jugado al póker los retazos sanos de su tripa. Sentía adentro como una profunda insistencia a querer cambiar, pero no le hacía caso. Como siempre, se enfundó su impecable traje y después de beberse el café, se dirigió a su trabajo. Se encontró a Jorge enfundado en su traje de oxígeno, con unas ojeras algo descomunales, aunque no le extrañó. Eran las dos y media de la mañana, pero aunque era temprano Jorge había salido de día. Le gustaba mucho pegarse sus marchas de vez en cuando, y andaba siempre metido en todo. Cuando Marcelo se puso el impoluto traje blanco de oxígeno y conectó su escafandra se sintió realmente vacío, obnubilado sin remedio. Recordó entonces el placer de poder andar por ahí afuera, con la oscuridad acechándole, y viendo que cualquier movimiento de la periferia pudiera ser el último que hiciera en su vida.
Les abrieron la compuerta antes de lo habitual, esta vez era una operación más larga. Había que retirar las dos lonas antes de que la tierra comenzara a moverse, y antes de que el enorme monstruo, en uno de sus movimientos, aplastara y despachurrara cualquier forma de vida que intentara llevar a cabo la operación con éxito.
Siempre le fascinó las ondulaciones que tenía el techo, era como una especie de onda deformes que no tenían simetría (aunque tampoco podía saberlo bien ya que estaba oscuro).
Salieron de la apretada rendija llevando consigo el cable del oxígeno. Escalaron una parte de la mullida elevación del terreno y llegaron a la explanada donde dormitaba el monstruo. Justo a punto de tocar la cúpula, las dos masas envueltas en lona blanca. Había que desabrocharlas desde un poco más adelante, desde el inicio del monstruo.
La operación había estado llevándose a cabo de tiempo atrás, y de las 576 noches, habían salido bien 142, pero invictas sólo cuatro.Y en ninguna habían conseguido el objeto de estudio. Se estaba realmente ralentizando la investigación, así que decidieron intentarlo de forma más drástica para poder avanzar.
Se aproximaron a las lonas. Las palparon, vieron que estaban mullidas y llenas de polvo. Incluso una tenía un agujero a lo alto.
Comenzaron a caminar sibilinamente por la superficie, con cuidado de ese vaivén que sacudía el techo paulatinamente.
Uno de ellos colocó los arneses para encaramarse en lo alto, y parecía que casi lo habían logrado. A los treinta minutos, entre cinco habían deslizado la lona un par de montículos. Estaba saliendo bien. No había sacudidas de tierra, ninguno de los participantes de la operación estaba atemorizado. A las dos horas, tan solo la punta de la lona estaba agazapada en lo alto, el resto estaba dispuesto por el piso para arrastaralo.
Pero entonces sucedió.
Empezó a rugir como cuando te azota el viento con furia y miedo , todo el aire se tensó como la cuerda de un arco. Enseguida vieron que las dos masas se movían unilateralmente. Todos los que estaban colgados terminando de quitar el tortaje quedaron lanzados hacia el mullido y frío suelo, y enseguida ocurrió algo como una estampida. Marcelo y Jorge agarraron la lona y con otro más salieron corriendo, exhalando todo el vaho de su excitación por el casco de respiración. Sin demasiada demora, la superficie carnosa que estaba sin lona atizó a Jorge, dejándolo inconsciente.
"Mierda, plan B" dijo Marcelo. Paró para colocar a su amigo encima de la lona para poder arrastrarlo con todo. Mientras el tercero, el único que quedaba vivo del resto del equipo, les ayudaba, se vio atacado por una fibra amarillenta que surgía del agujero de la lona, rajándole un costado. Mientras Marcelo lo vio consumirse en esos pocos minutos, sin poder hacer nada, rescató a Jorge y se dirigió por el pequeño orificio por donde salían todas las mañanas.Por fin habían logrado finalizar la operación, tenían el objeto de estudio. Al verlo regresar, el resto de empleados tuvieron la certeza de que esta vez había culminado todo eso por lo que habían estado luchando.
A los tres dias, falleció de una infección Jorge. Le pusieron mil velorios, a él y a los compañeros muertos. Por fin se alegraron de haber cesado con tanto sufrimiento. Desde entonces, el día dieciséis de abril fue hecho en conmemoración de los que murieron en tan numerosas expediciones que si hicieron en el mundo exterior.
Marcelo casi no pudo soportarlo, Jorge era como el hermano que quiso que nunca supo que tuvo. Tuvieron que darle asistencia psiquiátrica y antidepresivos hasta seis meses antes de morir de insomnio.

Lucas se levantó aquella mañana dándose cuenta de que como algunas mañanas el calcetín no estaba en su pie. Pero esa mañana, sin embargo, en vez de estar desperdigado por la cama, el calcetín no aparecía por ninguna parte. La empleada se pasó media hora de la mañana buscando y no se explicó dónde podría estar el calcetín, y finalmente concluyó que simplemente se había perdido.
Su madre tuvo que recoger de dentro de la sábana una especie de liendres que había en la cama en torno a los pies; los succionó con la aspiradora, y mientras los lanzaba en la bolsa de la basura dijo:
- Joder, Lucas que asco de liendres.
- No te preocupes mamá, siempre suelen tener un Plan B.

martes, 15 de junio de 2010

Otra vez, como siempre

Parece mentira que no nos demos cuenta de que estamos metidos en una espiral insomne, que vamos de un lado hacia otro, parecemos pequeños funambulistas sin red, sin destino fijo. Otro día más, sofocas el despertador mientras te agarras a los retazos de tu sábana, como si fuera la única que te comprendiera en este mundo. Sientes náuseas a la hora de desayunar, no te apetece pensar : es un crimen para tu integridad.
Coges cualquier transporte público con la desgana de siempre, miras a la gente como si no fuera gente, como si fueran muñecos y esperas a tu parada. Al llegar tus pasos van solos, tienes que huir entonces de todo ese redoble de pasos en las aceras malogradas, tienes que ser capaz de volar.
Llegas a las mismas clases, las mismas caras con las mismas obligaciones. Ahora sí es un buen motivo para llenarte el esófago de náuseas. Tras seis horas de embotamiento, la función debe continuar, volviendo a un proceso en retroceso que sientes como un déjà vu en tu sien, y no se te ocurre estar metido dentro de un sueño.
Estudias, sucumbes ante el sopor de la habitación, ante ese perfume que no es perfume, pero que lo parece, a esa soledad que se filtra entre las cortinas y que se mezcla con tu flexo mientras estudias a Descartes. Coges aire, ves que ya son las siete y te cagas en lo cagable del hoy por hoy, cuando vuelves a parpadear da lo mismo. Se han vuelto las nueve. Llegas tras una cena frugal a tu cama, te cierras como un sobre con solapa y cierras los ojos. Entonces piensas:
" Enhorabuena, he fabricado otro día inútilmente vacío" Y lo peor es que al estar leyendo esto lo estás recreando, y sabes como yo que caerás en el error de hacer un día vacío, como un boton sin ojal, como un enamorado sin corazón.

lunes, 14 de junio de 2010

A christmas carol

Estaba desvelado. El ulular de los búhos había destrozado de un plumazo su tranquilidad, y no la había retomado. Cogió su reloj de bolsillo. Eran las tres de la mañana. Sin duda, uno de esos insomnios asquerosos que te dejan sin dormir porque sí. Se levantó de la cama y se calzó sus babuchas de piel, y se dirigió por el suelo de madera sonora hacia la cocina.

Iba a prepararse el ritual vaso de leche caliente, ideales para cuando no se concilia el sueño. Calentó el hornillo con leña, y esperó un par de minutos a que los leños crepitaran de forma escandalosa entre esa soledad. Luego, colocó con finura una de las teteras ornamentadas que tenía en la alacena. Cogió la leche, y tras ponerla en la tetera, se apoyó en una mesa de al lado del hornillo. Las sienes estaban palpitantes, se sentía inquieto. Había pasado la eterna juventud, y nunca supo esperar sus años de gloria. Los esperaba, de forma necesaria y merecida, pero no llegaron. Suspiró. De repente, le dio por mirar a la ventana. La nieve se sacudía de las nubes, como si se estuvieran desperezando, en una batida profunda. Se arremolinaba, y se veía el profundo frío traspasar por las ventanas. Se estremeció de una forma casi ridícula, y se alegró de estar dentro. Fuera, todo parecía salvaje, y a la vez sin vida. Un paraje oscuro, pero de manto blanco. Siempre le había fascinado la nieve, y la lluvia también. Habría querido definirlos como misterios mágicos que sacuden la tierra, que sólo sucede cuando realmente pasa algo importante.

El continuo sonido de las llamas consumiendo la madera era el único ser vivo que parecía poblar la habitación. Charles se sentía inapetente. Veía el fulgor de las burbujas de la leche, mientras ese humillo cálido subía hasta el techo. Cuando volvió a mirar por la ventana, se sobrecogió de un susto. Había alguien al otro lado. Detrás de los cristales sucios, se podía distinguir un joven con gorra, que estaba mirándole a él. Charles se quedó inmóvil. Un minuto más tarde, el niño hizo como si él no existiera, y en el propio reflejo se sentó en un taburete. El mismo taburete que tenía en la esquina de la cocina, esa que se reflejaba donde estaba el pequeño intruso sentado. “ No puede ser”, se dijo, y al darse la vuelta esperó encontrar al niño. Cuán fue su paz al encontrarse el impávido taburete sin ningún extraño con sus posaderas agavilladas en él. Suspiró intranquilo. Al volverse a la ventana, encontró, cómo no, su reflejo de cuarentón reflexivo. “ Ahora todo está en su sitio” dijo satisfecho.

En un par de minutos, sacó la leche del fuego y se sirvió un vaso espumoso. Apagó con una manta el fuego, y cuando se dirigía hacia su cuarto, echó un último vistazo a la ventana. De la sorpesa, se le cayó la jarra de cristal y se desparramó toda la rotura por el suelo de madera ajada. En la ventana estaba él , con cuarenta años más. Tenía las mismas facciones, pero muy envejecidas y más tristes. Cuando él se palpó la cara, la figura del reflejo lo hacía con idéntica simetría. Sintió miedo. Al girarse, vio una gran figura negra, flaca y encapuchada. Estaba erguida delante de él. Charles sabía que era la muerte.

De repente, despertó. Había tenido una pesadilla que mostraba, sin saberlo, su pasado, su presente y su futuro de forma fugaz. Sin perder tiempo, Dickens se levantó de la cama rápidamente para que no se desvanecieran sus ideas del sueño, y escribió así el cuento que hoy da la vuelta al mundo. Christmas Carol, por Charles Dickens